San Diego, Parte II
Lo de Halloween fue el punto de inflexión que cambió el rumbo de toda mi estancia. A partir de entonces nada fue lo mismo. Fue una lucha entre la americana y yo. La italiana observaba sin poder hacer mucho para mejorar la situación, la pobre vivió los malos humores de ambos sin en verdad merecérselos porque la cosa no iba con ella.
No he mencionado antes que una tendencia de la roommate era llevar su novio a casa. En el fondo se podía considerar al novio como un habitante más de la casa. Estaba todo el día metido dentro, aunque él tuviese otro apartamento. Está visto que a pesar de que hagas vida en común a esta gente les asusta irse a vivir el uno con el otro. Bien podrían haberlo hecho hace ya tiempo, pagar la mitad y dejar al resto del mundo en paz. Tampoco me quejo del hecho de que el novio estuviese más en su casa que en la nuestra. No lo veía justo por una razón y es que los gastos de agua y luz se dividían entre tres y no entre cuatro como debería haber sido ya que el chico también consumía su parte y no la acoquinaba. También llevaba yo a mi novia aunque lo hacía sólo durante los fines de semanas y no cada día. En fin, que es una queja pero tampoco era para tanto.
Volviendo con el orden cronológico, los meses siguieron. Yo no hacía demasiado esfuerzo por hablar con la americana, ni ella conmigo. En diciembre compró un árbol de navidad para el salón. En fin, ya veía el problema. Una mujer que tiene su habitación hecha siempre una pocilga, que nunca limpia y que encima es una pasota hiper-activa no debería comprar un árbol de navidad. Más que nada porque la veía dejando el árbol hasta agosto por lo menos. Además, personalmente de entre todas las chorradas que hacemos en navidad, lo de comprar un árbol y decorarlo me parece la mayor chorrada de todas. A ver, ¿qué demonios te ha hecho el pobre árbol? Sin venir a cuento, un hombre ha ido al campo lo ha cortado en su plena juventud y su único propósito a partir de ese momento es que adorne tu salón durante unos días (o en el caso de la roommate unos meses) mientras se le cuelgan unas bolitas y unas estrellas. No sé, yo me imagino la opción equivalente del mundo animal y es un evento macabro. Imagínate que coges a un lindo perrito cuando es joven le cortas las piernas lo cuelgas del salón le pones unos adornos mientras sigue sangrando y poco a poco va muriendo. Para más inri, no sólo eso sino que encima pones regalitos en los pies del ser agonizante y un día te levantas con una sonrisa de imbécil en tu cara para coger y abrir los regalos mientras pegas saltos de alegría como un sádico que disfruta con el sufrimiento ajeno. No es que sea muy religioso, pero ¿qué tiene esto que ver con la religión? yo creo que absolutamente nada. La tradición española de la representación de la natividad, el llamado Belén, es más aséptica. Al menos no tienes que cargarte nada para festejar una chorrada de fiesta.
Bueno, me voy por las ramas. El caso es que salvo conversación casual de decir “hola, ¿qué tal?, adios” no había demasiado contacto entre los dos. Me fui a España de vacaciones y volví a principios de año. Evidentemente, el árbol seguía allí. Yo que no volvía con demasiadas ganas me imaginaba ya el percal. En fin, ¿la chica por qué iba a quitar el arbolito? Si estaba ahí estupendamente agonizando. El año también empezó por un intento por mi parte de cortar los malos rollos y seguir adelante. No obstante, cuando volví empezó la faceta social de la niña. Cuando digo esto me refiero a que invitaba cada fin de semana a gente sin venir a cuento. Aquí tenemos dos tipos de planteamientos cuando vives en tu casa. El de ella, que era dale coba a todos mis amigos porque soy guay y me hago sentir bien a mi misma y el mio, estoy en mi puñetera casa vengo cansado y no tengo ganas de hacer el imbécil delante de tus amigos. Sí, luego me dicen antisocial, y lo veo. Pero también entended mi punto de vista. Yo estoy haciendo otras cosas y cuando llego a la casa, de lo único que tengo ganas es de relajarme. Yo me relajo leyendo, viendo la tele, cocinando, haciendo deporte, etc. Si de lo que tengo ganas es de llegar a casa, cocinar, comer y leer un rato en tranquilidad ¿Por qué no voy a poder hacerlo? Al fin y al cabo también es mi casa. Entiendo que tú también quieras hacer lo mismo pero podemos llegar a un acuerdo. Pero pensar en esas normas de cortesía social para ella era demasiado complicado. Sus planes se organizaban con una antelación de 5 minutos y si tú estabas haciendo otra cosa pues te dan por saco, que para eso ella es la marajá. Casi siempre que llegaba yo, ella ya estaba con los invitados. Ante tal situación, cogía mis cosas y me iba a mi cuarto. Comía algo allí y punto. Hasta que tras tres semanas y un día después de una situación de esas. Mientras estaba cocinando, viene y me salta. “¿Javier, has conocido alguna vez a mis padres?”, A lo que yo respondo que no. Su respuesta fue: “Pues vienen en 5 minutos”. Tal cual, oye. Resulta que ya ni siquiera puedo usar mi casa, ni mi cocina dos días seguidos. Porque que viniesen sus padres para mi es, quiero estar con ellos vete. Lo cual, dicho se de paso, no es un problema para mi. Pero hazme el favor de decírmelo, criatura. No dejarme en mitad de lo que estaba cocinando y mandarme a la mierda. Estuve tentado de al día siguiente pagar a un mendigo para que viniese y decirle: “¿Conoces al chalado que hace rap en el campus? Pues viene en 5 minutos”.
Ese día estaba bastante cabreado con ella, pegué portazos y rabiaba entre dientes. Al día siguiente la aparté y le dije educadamente lo siguiente: “No te voy a pedir que no traigas a nadie a tu casa, porque también es tu casa y tienes ese derecho. Pero hazme el favor de si tráes a alguien a casa para hacer una comida o tener una reunión social de avisarme antes.” Su respuesta fue que ella no podía hacer eso, que sus reuniones eran inesperadas. Yo le dije, que a partir de ahora eso se acabó, que entiendo que no tenga que avisarme con una semana de antelación pero si pensaba usar la mayor parte de áreas y recursos de la casa para ella sóla tenía el derecho a saberlo antes. A lo que aceptó a regañadientes. No sin antes volver a su más fastidiosa costumbre, de hablar la última e intentar quedar por encima. Me dijo que no volviese a dar portazos. Fíjate tú por donde como quien rie último rie mejor y la mandé a tomar por saco, delante de mi puerta había una maleta suya que llevaba allí 3 semanas. Le dije entonces que cogiese esa maleta y la pusiese en su cuarto y dejase de ocupar el pasillo, se calló y lo hizo. Debería haberle mencionado que se metiese de paso el árbol de navidad por el órgano reproductor. No obstante lo mejor de la charla fue lo siguiente me dijo abiertamente: “tenemos una diferencia de ver las cosas, por ejemplo si dejo cosas en el salón tú eres libres de quitarlas y ponerlas donde quieras”. Yo no sé si ella estaba diciendo eso con mala intención o si simplemente era una imbécil desconsiderada. Después de conocerla, creo que tenía mala leche al decirlo. Más a menos decir eso equivale a decir: “Te invito a que seas mi criado y recojas todos mis desperdicios”. No quise soltarle una burrada en ese momento, pero me sentí profundamente herido cuando me soltó aquello. Jamás en mi vida había recibido una respuesta tan denigrante. Esa no es manera de tratar absolutamente a nadie.
La cosa fue a peor desde ese momento a pasos agigantados. Se respiraba un ambiente realmente enrarecido por los dos. Un punto de casi no retorno que hizo plantearme que le diesen por saco a la niña y largarme del piso fue el siguiente. Llegué a casa después de la compra por la noche. Ya he mencionado que la mentecata era muy desorganizada pero no creo haber mencionado que tenía la fastidiosa costumbre de llegar dejar todos su bártulos por el salón hacer algo distinto, irse y dejar todo en el salón. Sí, esto es fastidioso pero no tan grave salvo que una de las cosas que le gustaba dejar eran los zapatos. De cualquier clase, ya fuesen botas como sandalias o tacones ella los dejaba esparcidos por el suelo. Con una tendencia realmente enervante de ponerlos en frente de las escaleras. Si no ibas con cuidado y mirabas antes te podías tropezar y caer con ellos, como bien podéis pensar las escaleras son un lugar delicado. Pero volviendo a donde estaba, llegué de hacer la compra cargado de bolsas y claro no puedes mirar muy bien por donde caminas. Tropecé con uno de sus zapatos de tacón y la bolsa se me cayó y de puro milagrano no caí al suelo estampándome la cara contra la mesita de café. Hablando con mi novia consiguió calmarme y no aporrée su puerta para decirle cuatro cosas esa misma noche. Al día siguiente le pedí por favor, que tuviese más cuidado con los zapatos porque la noche anterior casi me caigo por ellos. ¿Sabéis cual fue su respuesta? “Ya veré lo que se puede hacer”. Sí, me quejo por vicio. Ese día empecé a mirar apartamentos para empezar a mudarme, no podía aguantar más con esa pelandrusca orgullosa y maleducada. Hasta que pasó lo que pasó … (continuará)

Digitalmente hablando claro está, de hecho esta entrada debe leerse entendiendo que lo que critico aquí no son las posturas polícas ni las ideologías, critico el poco avance digital de España en el panorama político. Hoy he leído en el blog de Enrique Dans un par de noticias las dos relacionadas con twitter. Ámbas noticias son bastante patéticas para la clase dirigente española, aunque digeramos que en el fondo casi todo la clase política española no da para mucho. Empezamos con la 

